En el año 1973 tenía ganas de comenzar a practicar un arte marcial pero no sabía precisamente cuál elegir. Fue en ese momento cuando un compañero de trabajo me contaba diferentes cosas sobre el Aikido cada vez que nos veíamos y, tal vez sin darme cuenta, empezó a picarme la curiosidad.

En esa misma época un primo mio me invitó a practicar Karate pero, en vez de ir, le dije: “¿por qué no empezamos Aikido que me parece que está bueno?”. Allí fue cuando comenzó mi práctica de Aikido la cual vengo realizando de forma constante desde ese momento, hace ya 35 años.

Imagen Ricardo Corbal

 

Los primeros ocho años los hice con el maestro Katsutoshi Kurata, el cual tiene una buena técnica, pero yo estaba buscando un tipo de entrenamiento más intenso. Por esa razón decidí comenzar a tomar clases con el maestro Masafumi Sakanashi, con quien compartí 18 años.

Ahí empezó el baile. Me gustaba la intensidad de la práctica que era bastante fuerte y rompía con el mito que estaba vigente en aquel momento y que decía que el Aikido era un arte menor. Eso era algo que el maestro Sakanashi quería revertir y, como yo era uno de los más graduados que en ese momento estaban en su escuela, me empleó para ese fin.

“Si en cualquier orden de la vida nos caemos y no podemos levantarnos estamos complicados, pero hay algo fundamental en el Aikido y radica en el respeto”.
~Ricardo Corbal Shihan

Durante años practiqué y practiqué sin saber qué buscaba ni qué significaba realmente el Aikido para mí. Cinco años más me tomó entender que eso que estaba haciendo era el equivalente a la vida, pero dentro del tatami: tratar de no ir al choque con ninguna agresión, buscar la forma de dejarla pasar y manejarla. Es decir, actuar de la misma manera que cuando se realiza una técnica, desequilibrar al oponente cuando trata de agredirme y volcarle toda esa agresión encima, aprender a caer y poder levantarse.

Si en cualquier orden de la vida nos caemos y no podemos levantarnos estamos complicados, pero hay algo fundamental en el Aikido y radica en el respeto. Aprender a tener respeto por uno mismo y por sobre todo respeto por los demás, por los menos graduados, los de igual graduación y los más graduados. En fin, por todo el mundo.